ATALBE-ÍTACA

casa violeta rural, atalbeitar, haratalbeitar

Ten siempre a Ítaca en tu mente.
Llegar allí es tu destino.
Mas no apresures el viaje.
Mejor que dure muchos años
y atracar, viejo ya, en la isla,
enriquecido de cuanto ganaste en el camino,
sin esperar a que Ítaca te enriquezca.
Constantino Cavafis (1911)


La palabra nostalgia contiene dos términos griegos en su formación: νόστος (nóstos) que
significa “regreso” y άλγος (álgos) que significa “dolor”, por tanto llamamos nostalgia al
sentimiento de dolor que experimentamos cuando queremos regresar mental o físicamente a un
lugar o a un tiempo que añoramos, donde fuimos felices.
La acepción de nostalgia que me interesa aquí es la de tristeza melancólica ante el recuerdo
de una dicha perdida. En este sentido, melancolía (otra palabra de origen griego construida a
partir de dos lexemas, significando la “bilis negra”, pues los antiguos situaron en el hígado el
origen de la tristeza) enlaza con el sentimiento de nostalgia.
Para mí el personaje que mejor ejemplifica el concepto de nostalgia es el héroe griego
Odiseo, o Ulises para los romanos, que durante veinte largos años sintió nostalgia del retorno a su
patria, la rocosa, inhóspita y solitaria isla de Ítaca, de la que era rey.
Hace pocos días se me ocurrió asociar el bello topónimo de esta localidad, Atalbéitar, con la
lejana y mítica Ítaca, y así surgió el título de este artículo. La razón de ello obedece al hecho de que
en mi breve estancia en el pueblo en Casa Violeta, de alguna manera, he hecho un viaje emocional
y nostálgico en el tiempo hasta mi infancia en la década de los 60 en cuanto al modo de vida
humilde, sencillo y rural donde me crie. Asimismo, este mes de octubre ha propiciado un viaje a mi
interior, haciendo realidad la proverbial sentencia inscrita en el frontón del templo de Apolo en
Delfos, considerado el ombligo del mundo griego, que rezaba γνώθι σεαυτόν (gnózi seautón),
conócete a ti mismo, dicho a lo latino Nosce te ipsum (inscripción que encontré casualmente
como una premonición en una señal de circulación en Órgiva).


Los paralelismos son frecuentes, empezando por la gran llave de hierro fundido que abría el
portón de acceso a la casa de mis padres, idéntica a la que facilita la entrada a Casa Violeta. O
calentar cada mañana la leche en un cazo en la cocina de gas butano, o la ausencia de un televisor
en el hogar, o dejar la puerta abierta al ausentarnos para dar un paseo por los alrededores, o el
emparrado bajo el cual pasábamos interminables horas, o la cuadra al fondo de la casa donde mi
padre cobijaba cada noche su mulo, tan necesario para las labores agrícolas, tras abrevarlo en la
vecina fuente, escoltada por un gran árbol como la fuente de Atalbéitar. O cuando adecentando la
fachada exterior de Casa Violeta, en cada brochazo me transfiguro en mi madre enjalbegando las
paredes de su casa, blancura que me evocan las letras interiores de Atalbéitar.
En Atalbéitar el tiempo discurre sin prisa -el reloj aquí no es necesario-, la calma, la paz, el
sosiego y la tranquilidad son sus notas dominantes, no hay ambiciones crematísticas ni afán de
poseer, existe camaradería entre sus acogedores vecinos, las puestas de sol son de ensueño, el
silencio es reparador (sólo se oye el continuo fluir de los caños de la fuente y de vez en cuando un
grupo de senderistas que con su parloteo se detiene a tomar unos tragos de su líquido elemento).
Pasados 50 años de aquellos tiempos que rememoro hoy con nostalgia, digo finalmente con
Heráclito πάντα ρεί (panta rhei): todo fluye, todo está en continuo cambio, excepto en este
paraíso, “en los mismos ríos entramos y no entramos, (pues) somos y no somos (los mismos)”.

Autor: Antonio Castellano.

1 comentario en “ATALBE-ÍTACA”

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